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miércoles, 18 de noviembre de 2015

CONFESANDO (A lo evidente)

HUMOR ENTRE CASCOTES (ENIGMAS)

-Usted debe rehuir el trato de ese hombre –argumentaba el sacerdote.
-No puedo, padre. Me veo obligada a frecuentarle. 
-Su alma está en peligro y esto es lo primero. Y es extraño que usted, sin apenas actividad social, tenga que verle por fuerza. ¿Es acaso un amigo de su marido?
-No, padre.
-Entonces no lo entiendo. Carece de justificación. 
-Le juro, padre, por lo más sagrado…
-Esa expresión huelga aquí, hija. Debo insistir en que me diga la verdad, so pena de confesión sacrílega.
-¡Padre…!
-Cuénteme las circunstancias, dígame un nombre para que yo pueda hacerme cargo y ponerle remedio. Déjelo en mis manos. 
-¡No puedo!
-Sí puede, hija, claro que puede. Soy su confesor desde hace años. Me ha abierto su corazón muchas veces a través de esta reja de madera. No tiene secretos para mí. Es justo, y sobre todo necesario, que conozca hasta el último aspecto de las vicisitudes de su alma. Con la ayuda de Dios y su propio temple de cristiana, que me consta…
-¡No, padre! Le repito que no puedo. ¡Prefiero irme sin la absolución!
El padre queda atónito.
-¡Está usted satanizada, hija! ¡La invade la soberbia! ¡No la reconozco! ¿Por qué se obstina en callar? –se calma un poco-. Dígame la identidad de ese desdichado que, según acaba de contarme, tiene tan gran ascendiente sobre usted. Yo, guardando el secreto de confesión, pondré todo mi empeño, y mi tacto…
-Es inútil, padre –dice la mujer, definitivamente desamparada.
-¡De ninguna manera! ¡Me niego a declararme vencido y que su alma se pierda! ¡Dígame su nombre! –ordena-. ¡Su nombre, he dicho! ¡Su nombre!
La dama se levanta y, despacio, se aleja del confesonario.