RESEÑA TEATRO
"La luna es azul", Hugh Herbert (1887–1952) - Patty O’Neil –de veintiún años, actriz– y Donald Gresham –de veintiocho, arquitecto– se encuentran fortuitamente una noche en la terraza del Empire State Building. No se divisa desde allí más que una densa niebla. Hablan y la charla insustancial les conduce al apartamento de Donald, donde tienen previsto tomar un aperitivo antes de acudir a cenar a un restaurante. Al piso se presenta David, amigo de Donald y padre de Cintia, que acaba de romper con el arquitecto. El padre de Patty, irlandés, bombero y hombre de rígidos principios, es el cuarto personaje, más algunos a los que simplemente se hace referencia y que cumplen un papel no desdeñable en la comedia. La conversación entre los tres primeros, y el padre, que, más que conversar, actúa, aportando su carga de brutalidad a la reunión, pone rápidamente de manifiesto que el amor no anda muy lejos, más allá y por debajo de las fingidas caras, o mejor, seductores coqueteos, con que pretende más o menos ocultarse para seguir el juego. Entre ellos, las menciones o alusiones a la joven frívola o ligera, en contraposición a la seria y responsable, no estableciéndose plenamente la división entre ellas. La obra, estructurada en tres actos más prólogo y epílogo, avanza a través de felicísimos diálogos, entre el sarcasmo, la ironía y el absurdo, recordando mucho a Miguel Mihura, lo que la convierte en una muestra perfecta del denominado humor blanco, demostrándose, a la par, que la mujer en estos lances gana siempre. Dicho de otra manera, y parafraseando el título, que la luna es azul, si ella se empeña. Nuestro autor se especializó en el cine en papeles cómicos, a la vez que hacía su labor de guionista y autor de teatro. Otto Preminger llevó esta comedia al cine en 1953.
