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miércoles, 27 de abril de 2016

"EL ORGANIGRAMA" (Novela río) Capítulo 4

(Capricho)

"El organigrama" (Capítulo 4 de 5)

(Resumen de lo publicado: Pío Socaliñas, sin comerlo ni beberlo –no ha ingurgitado nada en montón de horas–, aparenta no existir para lo bueno, porque para lo malo, sí. Leer Capítulo 1
Pío Socaliñas, un poco deprimido, y no es para menos, conoce a una mujer misteriosa, a la que saluda con efusión. Leer Capítulo 2
Socaliñas le ha soltado al Coronel una buena tabarra sobre su infancia. ¿Quiénes son éste y la hembra que le acompaña? Leer Capítulo 3)


El Coronel derribó de un golpe a la mujer, desparramando cúpulas, redondeces y convexidades sobre la tarima. Socaliñas se crispó de rabia. 
–Le aconsejo –dijo el Coronel sacando un arma– que no haga nada que pueda empeorar la situación... Vladimir. 
La pausa al pronunciar su nombre espurio sonó como un petardo.
–¿Cree haber venido aquí por casualidad? –añadió aquél, fruitivo.
La dama recuperó la vertical, en gráfico paralelo con la tectónica terrestre. Lo registró un sismógrafo lejano. 
Dijo el Coronel:
–Sé que no se llama Vladimir, sino Pío Socaliñas y que no figura en ninguna de las listas del Gobierno, por la sencilla razón de que yo me he encargado de que lo borraran. ¿Qué dice a eso? 
Se creció Pío. 
–Podría endilgarle –respondió– un tratado exhaustivo sobre las buenas maneras; pero he comprobado que son las malas, amén de ineficaces. Y si espera que le pregunte por la razón de su perfidia, así como por el motivo profundo de mi estancia en esta su casa a la que me he presentado atraído oscuramente y que, dicho sea sin ánimo de ofender, exhala decadencia, no lo haré. Sin embargo, usted me lo dirá. 
El Coronel rió, muy divertido. 
La mujer se rascó el rizado pubis, en señal de advertencia a Socaliñas. Aprovechó él para meterla mano.
La risa del Coronel se acentuó. 
–Se cree muy listo –se mofó–. Pero ¿quién puede afirmar que sabe nada? Estudiosos y filósofos de todas las catervas se han pelado las cejas intentando describir la realidad, que se les escapaba de entre los dedos como un travieso pececillo, sin dejar adivinar su esencia. ¡Y usted pretende saber algo!
Avanzó Socaliñas pie, canilla y muslo en dirección al Coronel. Éste elevó unos grados el arma.
–Preferiría que se quedara donde está. Sería una lástima que esto se disparara... que es lo que va a hacer de todas formas. 
Pío Socaliñas jamás se había movido tan rápido. Desmintiendo su corpulencia, sacó su peonza del bolsillo y se la lanzó al Coronel a la cabeza, colocándole un chichón como un aguacate en plena frente. La pistola cayó al suelo. Sonó un disparo.
–¿Estás herida? –le preguntó Pío a la dama. 
–No. ¿Y tú? 
–Tampoco. Vámonos. 
–Antes hemos de recuperar el disquete con tus datos. Está en el dormitorio –y se precipitó por las escaleras al piso superior. 
Socaliñas la siguió muy esperanzado. La redonda y satinada grupa de ella, ascendiendo cada peldaño, le recordó la formación de montes, cordilleras y picachos, en los albores del planeta, según un ensayo geológico que leyera hacía tiempo. 

(Continúa en Capítulo 5.)




miércoles, 6 de abril de 2016

"EL ORGANIGRAMA" (Novela río) Capítulo 1

(Capricho)

"El organigrama" (Capítulo 1 de 5)


A Pío Socaliñas, hombre corpulento para más señas y que pisaba fuerte por la calle (rompiendo en numerosas ocasiones las baldosas que luego tenía que reparar el Ayuntamiento del erario), le habían borrado del organigrama, con lo que le costara que lo metieran. De repente, una mañana, se encontró con que no figuraba en ningún sitio. Sus cuentas en el banco sencillamente no existían y fue apartado de la ventanilla donde quiso hacerse con dinero –el suyo– por la irónica sonrisa del empleado, quien le aseguró que debía haberse equivocado de entidad y que intentara la operación en otra.
–Hay muchos bancos y cajas en este país, amigo. Vaya probando hasta que localice sus ahorros, suponiendo que tenga un clavo en algún sitio y no haya venido aquí a pasar el rato. Y me permito señalarle al guardia de seguridad, que es aquel que está orinando en la maceta. 
Pío Socaliñas salió estupefacto de la sucursal. Una cruel sospecha le atravesó la conciencia como un rayo.
A la hora del aperitivo, ya no cabía ninguna duda. La investigación de Pío Socaliñas arrojaba un resultado inequívoco: no estaba incluido en ninguna base de datos, ni siquiera en el catálogo publicitario de empresas.
Intentó regresar a su casa para aclarar ideas, pero la portera del edificio le miró mal y desistió. “Ésa sí que me ha reconocido”, se dijo. “Seguramente dará la voz de alarma”.
Pío Socaliñas se alejó solapadamente de la zona.
Toda la jornada, osciló entre un sentimiento de euforia, por la libertad que le permitía la nueva situación, y otro de tristeza, pues no es moco de pavo haberse convertido socialmente en el hombre invisible. 
“Si lo fuera en el plano físico”, reflexionaba Pío, “me refiero a lo de ser invisible, al menos les podría tocar impunemente el culo a las mujeres. Pero mi pesada materialidad me hace ser oteado a distancia. Y hablando de pesada materialidad: necesita ésta sostenerse...”
Pío Socaliñas no había comido en todo el día.
Rebañando la calderilla del bolsillo, que reunió en su manaza junto con un puñado de pelusa y su peonza, encontró que no tenía ni para franquear la entrada del bar más cutre y sin Autorización Sanitaria de Funcionamiento. 
“He de hacer rápidamente amistades”, decidió. Pues las que hasta la trágica fecha del insólito día que estaba viviendo le honraran con su compañía se habían hecho humo y le soltaban una risa en plena cara cuando él les recordaba el vínculo.
Buscó de introducirse en una banda que robaba tapacubos de ruedas de automóviles, pero algo en su aspecto indujo a la desconfianza, siendo abandonado en un solar con la nariz rota y un par de dientes menos.
“La cosa se está poniendo fea”, concluyó Pío, cuyas vacías tripas lanzaban un agónico concierto que desveló a no poca gente en el barrio, personándose varias dotaciones de la policía local que, en ese momento, no tenían mejor asunto que atender.
Pío Socaliñas se escabulló por las alcantarillas. Su primera jornada de hombre anónimo no podía haber sido más desafortunada.